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SERIE Gestos y geometría - 2007

OBRA ESCULTÓRICA

Por un instante el centro de la experiencia del viaje es describirlo y escribirlo, y el proceso de redacción constituye el fin del viaje del viajero intenso en el que lo más sentido que tiene es el regreso, la vuelta, pues los viajes son siempre hacia adentro.

Alfonso García

Altar fulgente

Hierro, 16 x 74 x 10 cm.

Abra, flor de primavera

 Hierro, 8 x 84 x 8 cm.

Alfonso, la horizontalidad indeleble

Hierro, 15 x 123 x 10 cm.

Jandro, la impostura permanente

Hierro, 101 x 29 x 10 cm.

Laura, tras el espejo

Hierro, 11 x 79 x 13 cm.

Crimen, Elogio a Agustín Espinosa

Hierro, 14 x 70 x 8 cm.

Lancelot, Elogio a Agustín Espinosa

Hierro, 14 x 70 x 8 cm.

Tetralogía A

Hierro, 34 x 66 x 8 cm.

Tetralogía S

Hierro, 10 x 51 x 8 cm.

Elogio a Martin Chirino

Hierro, 70 x 60 x 8 cm.

…”Hay quien ha muerto, no se quien, que tampoco ha muerto”.

Alfonso García

… Los viajes (Gestos y geometría)

Las palabras, los viajes, colocan a la vida en su propio desorden y lo ponen a prueba, como si la vida se hubiera hecho cargo de sí misma. Deteniéndola y dejándola proseguir, para preguntar después si ha aprendido la lección que ha impartido en un mismo punto de intersección del tiempo universal, en un mismo ahora, condensado, en el que ocurre lo de aquí y el más allá que encarna al unísono: individuo, pasado y presente, en un mundo construido por su vida pasada, y antes de que haya pasado. En el sentido de tiempo como ser finito, que refleja el imaginario de la totalidad del ser, que todo lo engloba y pulveriza, tal como los seres particulares a sus existencias.

Las ciudades, los viajes, y su asociación, cual ciudades y números en tiempo irreal, son fruto del intento de ofrecer la totalidad en lo individual, pero es la totalidad del caos, donde la asociación se da en lo individual y es todo en cuanto a asociaciones, única representación verdadera del mundo, de la fragmentación y de la renuncia a olvidar la totalidad, por ende imposible. Las ciudades constituyen una total ilusión, como utopía realizada que es, no existen en ninguna parte. Una utopía necesaria no para soñar con realizarla sino para tender hacia ella y obtener, los medios de reinventar lo cotidiano, enseñando al mundo a mover las barreras del tiempo para salir del eterno presente, mover las barreras del espacio, y moverse en el espacio. Aprendiendo a salir de uno mismo.

El lenguaje, los viajes, no viajan, oscilan, pues quieren estar al mismo tiempo en todas partes, y al igual que la luz del faro, otea el horizonte del ahora, y cubre un amplio espacio, y su estructura lumínica contiene a la vez lo cercano y lo lejano, sin quererlo ilumina y deforma muchas cosas: los callejones sin salida que muestran sus penumbras en ráfagas de luz, los vacíos lejanos apenas perceptibles que nos susurran la despreocupación por donde nos encontramos.

Lo iluminado resplandece, la palabra se resiste al lenguaje que la reconvierte, y hace más fácil el mundo mismo. Para el lenguaje, al igual que para el lector, todo es más fácil cuando más fácil es para quien lo busca, y tras rodeos lo descubre. Y aunque nadie le busca, cual escaleras interminables de mármol travertino, el lenguaje toma distancia y se hace inalcanzable antes de encontrarlo.

El objeto, el lenguaje, los viajes, van a la búsqueda de la vida y para la vida, cual representación y palabra, dando la posibilidad de desmentir la ausencia de las cosas, su distancia y su ocultación. Representación y discurso están en los lugares y los objetos, en las palabras que significan algo y en el lenguaje que dice algo, y no necesitan buscar ni encontrar pues representan la vida que habla y la que no habla. Esa vida alejada de todo lo que no es ella misma. Y en ese “ahora” se extravían en el tiempo y el espacio, y se extravía el lenguaje, y en su suerte, tocando no sólo todos los puntos del mundo sino la vida misma, pues extravío y encuentro casual de lo no buscado es una característica de la vida que la mayoría de las veces no tiene ni tiempo, ni paciencia, ni ocasión, ni deseo lo bastante determinado para llegar allá donde se desea.

Los lugares, los viajes, expoliados de sus nombres. Los lugares desaparecen en la penumbra de sus luces, en el que son visibles pero irreconocibles, en un espacio en el que nos justificamos y negamos los nombres, vengándonos del mundo en el que el tiempo no tiene ningún nombre y la vida gana en sentido.

El fin, los viajes. Por un instante el centro de la experiencia del viaje es describirlo y escribirlo, y el proceso de redacción constituye el fin del viaje del viajero intenso en el que lo más sentido que tiene es el regreso, la vuelta, pues los viajes son siempre hacia adentro.

Alfonso García