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SERIE Lécitos - 2000

OBRA ESCULTÓRICA

“Lécitos. Recuerdos del pasado” fue publicado en el año dos mil, con motivo de una exposición dedicada a Marianela, la madre de mis hijos. Su razón fue recordar. Su reedición, suplementada y mejorada veinte años después nos recuerda que hay que olvidar el pasado reciente para recobrar el pasado remoto, y que hay que saber olvidar para saborear el placer del presente, del instante, de la espera…, en el que la memoria necesita también el olvido, del individuo y de la sociedad.

No malinterpretéis, ni tengáis miedo de mis palabras. Ellas se fijan queriendo abrirse e interrogarnos, y salir incluso de los pensamientos que las cobijan. De esa cartografía de nuestro mundo interior y exterior, rompiendo las fronteras y elogiando el olvido, sin ignorar el recuerdo, sin dañar la memoria.

Memoria y olvido guardan en cierto modo la misma relación que la vida y la muerte. Olvidar no es otra cosa que la consecuencia natural de la vida, aunque no todo lo olvidamos y lo recordamos. Funcionamos más como un artista que desbroza la piedra o la madera, o el escritor que lo hace con las palabras, de modo que como un hábil jardinero poda las ramas no deseadas para que la planta o la obra, en definitiva la vida se transforme y desarrolle hacia su destino. Olvidada ya la semilla se abre a la promesa del arte, de las flores. A la promesa de una mala memoria para rejuvenecer e ignorar el tiempo y la edad, abierta a moldear los recuerdos desde el olvido.

Alfonso García

Altar I

1999, hierro, 18 x 34 x 11 cm.

Basa I

1999, hierro, 8 x 22 x 8 cm.

Basa IV

1999, hierro, 8 x 26 x 10 cm.

Lecito I

1999, hierro, 25 x 8 x 25 cm

Lecito VIII

1999, hierro, 25 x 8 x 25 cm

Lecito XII

1999, hierro, 25 x 8 x 25 cm

Lecito

1999, hierro

Alfonso García nos muestra una verdad universal dejando que la naturaleza “brote a la luz” (la muerte),

Néstor Verona

Caminos de muerte: Lécitos y láminas

Las letras son como cuerpos que se dejan flotar. Como imágenes, como ídolos, no distinguiendo al vivo del muerto, no queriendo que se puedan distinguir, no pensando que sea necesaria la distinción, soldados unos con otros, torcidos y refundidos, alma de unos en otros.

Quien se va parece quedarse, al alma se le marca ese camino que la maraña que garabatea el oro, o el metal cuadrado y recortado aquí, en la obra de Alfonso García, no parece casi ni indicar.

No es para nuestros ojos, la muerte es de otros o para nadie, mejor, para Don Nadie, ese capitán sin barcos, jinete fetal de lo imposible, símbolo del viaje que parecía sin retorno, algo como el del morir, camino de agonía placentera a ratos, senda de la soledad, por vías que a lo mejor parecen más cotidianas de la mano de Joyce, aunque terminen en el mismo destino que es el del acabamiento.

Francisco Díez de Velasco

Exposición de Lécitos